5 ene. 2015

Reunión navideña de la C.A.G / Ci-Fi con fondo de Feliciano / Cuento de Dickens.





"Todo comenzó con las lluvias" por Suso Glez / Narrativa / Ci- Fi en Falcón IV






Todo comenzó con  las lluvias. Las nubes cargaban el agua en lo alto de la sierra y la descargaban en las tierras llanas de los antiguos pantanos de Coro. Después salía el sol y en apenas unas horas el agua era devuelta al cielo para renovar el ciclo, así, una y otra vez durante siglos. Pero aquella mañana de abril, el sol, simplemente, no salió.

A esa primera tormenta le sucedieron otras más, las nubes descendían negras, furiosas, como violentas explosiones húmedas deseosas de anegarlo todo. “Ciclogénesis”, anunciaron en los noticieros. Pero pronto, las precauciones tomadas para salvar los primeros inconvenientes producidos por las inundaciones, se tornaron inútiles. Nada impidió que los niños aprovecharan el comienzo de las lluvias para jugar con la abundante agua, pero la cosa era mucho más seria que un juego.

El día iba avanzando y la situación se tornó cada vez más preocupante, todo el mundo comenzó a subir los enseres más importantes a los pisos de arriba o ya incluso a los tejados. Alrededor de las 6 la electricidad desapareció por completo y apenas las linternas y las primeras fogatas en los tejados iluminaban las pequeñas islas que en forma de manzanas emergentes se habían formado. Afortunadamente, durante la noche la gente empezó a organizarse en pequeñas comunidades y a ayudarse viajando en pequeñas balsas improvisadas, socorriendo a los ancianos y a las personas con mayores dificultades. Apenas daba tiempo a pensar en el desastre. Sobrevivir, sólo sobrevivir. Los teléfonos móviles servían para conocer el estado de los seres más cercanos y para socorrer las situaciones más perentorias. Con el amanecer llegó el ejército y comenzaron las primeras evacuaciones en dirección a  la sierra, los botes y las barcas de los pescadores fueron los que más ayudaron. Prácticamente todos los edificios de adobe fueron colapsando uno tras otro, primero las casas, después las iglesias y por último, la catedral. Paradójicamente los edificios menos hermosos, los de hormigón y hierro quedaron en pie. Como es natural, algunas personas se negaron a abandonar sus posesiones, e intentaron rehacer sus viviendas en aquellos edificios más altos que quedaron por encima de las aguas, incluso un italiano construyó una especie de góndola que era impulsada por el antiguo motor de gasolina de una motocicleta, todo, todo, menos aceptar una realidad que había venido para quedarse. Las aguas habían venido para quedarse.

Ha pasado el tiempo, transcurre el año 2.037, apenas han quedado, tras “La Inundación”, una decena de edificios que sobresalen de entre las tranquilas aguas del pantano.  Sus estancias son habitadas por algunos albatros y gaviotas y permanecen llenas de salitre, podridas, herrumbrosas. Sus siluetas reflejan angulosos fantasmas en las horas próximas al ocaso. Las ahora tranquilas aguas del pantano guardan un silencio absoluto, un silencio que, según una leyenda que relatan los pescadores de la marisma de Coro, solo se ve interrumpido cuando al aproximarse a una de las dos antiguas torres Manaure escuchan salir desde un quinto piso unas voces jóvenes que ríen, relatan cuentos y hasta declaman poemas que se escuchan “nítidamente”.



Suso Glez.