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25 oct 2013

C.A.G: reunión del miércoles 23



4:00pm ¿Coro o Cochinchina?

Nadie sabe por qué últimamente Coro tiene la temperatura exacta de los desiertos, tanto en el día como en la noche, excluyendo dos diferencias que bien podrían pasar por insignificantes: 1. En los desiertos no hay vallas con rostros de políticos anunciando la temperatura de 50° en los semáforos (tampoco hay semáforos, ¿no?) y 2. En coro no se alucinan Oasis (El único oasis de acá es una estación de gasolina en la intercomunal coro-la vela donde beben los que andan presos o los están buscando). Nadie sabe por qué, sólo se ven con mala cara, amargados, el primer día por sus pies derritiéndose por el calor, el segundo día por su narices derritiéndose debido a la lluviecita que cayó la noche anterior. No hay escapatoria, pero de todas formas….no importa, porque nadie sabe, o porque se hacen los locos.


5:40pm Truenos, truenos, truenos. Mucho ruido, poca acción. Lluvia malacama.

Suelo quedar en ridículo cuando me quejo en la calle con cara de desahuciada agitando mis brazos, como mostrándoselos limpios –o no- a los pacos “Dios mío, una lluviecita, Dios” (repito el “Dios” en la oración, pa’ que suene con más propiedad y me escuche. Mi profesor de Tópicos Gramaticales no estaría de acuerdo con esa decisión) Quedo en ridículo, precisamente, porque de la nada llueve, me llueve encima, me lluevo entera, me llueven. Coro me llueve y me hace lucir patética y mojada, le inunda el carro a la abuela (abuelita, llévame pa’ la cátedra… ¿nubes? ¡Qué va… tranquila que hoy no llueve!) Cae el chaparrón. Sí, definitivamente me hace quedar en ridículo mientras danzo hacia el carrito con algunos pasos innecesarios.


6:30pm Rafaella, Adri, Liwin, Cristina, Maylén, Gracie, Rosa (sí regresó), Jesús Amalio y Daniela. ¡Hola, Jimena!


Casi nadie tuvo miedo al agua, quién sabe si a algo. ¿Le temen a algo estos muchachos? (que no levante la mano Adri María) Luego de estudiar los nuevos zapatos comodísimos de Cristina y la tardanza sospechosa de Jesús Amalio… ¡AH! y de declararme portera casi oficial de la casa del artesano, Jimena continuó dirigiendo los ensayos del recital que ofreceremos en un mes. No es que nosotros ensayemos para recitar poemas, no es eso, nosotros no somos tan falsos, no tanto. Lo que sucede es lo siguiente: nos comprometimos con este asunto de un recital sobre lo fantasmal (poesía falconiana: Lydda Franco Farías, Rafael José Álvarez, Darío Medina...)  para la apertura de cierto evento, con música de fondo, vestuario y todo el alboroto completo. Nos comprometimos porque realmente estamos interesados y también, porque nos emociona bañarnos en todos los charquitos. En los de Lydda, por ejemplo:


Me está pareciendo que oigo
                                     pasos por dentro
                                     un moverse que abona el espacio
                                     bailo a ese son
                                     bajo los árboles
                                     en la oscuridad donde la música es
                                     resbaloso esplendor
                                                                     móvil
                                     frenético ardid
                                     en el fogueo de la danza.


También en los charquitos de Álvarez:


A un tiempo
                                                  preparan la fiesta
                                                  para espiarnos

                                                  tardan las cicatrices
                                                  en los muros
                                                  donde a polvo se acostumbran
                                                  a mirar desde los cuadros.

                                                  Se insinúan
                                                  en las hojas ávidas
                                                  y sentimos por dentro
                                                  de la casa olvidada
                                                  sus secretos intactos.




8:22 pm Libros llorando en los bolsos. La voz de Rafaella

Necesitamos ensayar mucho. Agradezco que no nos dediquemos al teatro, no en este instante. No dio tiempo de desempolvar a Paul Éluard, ni a los poetas estadounidenses que trajo Liwin. A los demás ni les pregunté qué leerían. Cuando pensé en hacerlo, Rafaella comenzó a ofrecer un repertorio de música sacra. Todos atravesamos un momento de la no-nada. Yo veía la torre de la Iglesia San Francisco, con sus lucecitas amarillas y  su campana inmóvil, como si fuera un sticker pegado o una postal que nadie envía, mientras la voz de Rafaella se confundía con sus fantasmas internos.


9:00pm Mini círculo de Febrero. Discusión sobre la fealdad o no fealdad de los nombres de alguno de los miembros.

Febrero siempre interviene, sobre todo cuando aparece la Cristina. Estábamos a punto de irnos, de verdad, el señor de la casa del artesano cruzaba los dedos para lanzarse en su cama, cuando ¡BAM! Nos detuvimos a conversar sobre las siguientes intervenciones del Grupo Febrero en la Ciudad. Algo debe quedar muy claro en esto: la Cátedra Agustín García no es el grupo literario Febrero. Que tengan muchos miembros en común…bueno, Coro es chiquito y hay poca gente que de verdad se interesa por los libros y el crecimiento cultural más que por farandulear. Aunque cada tanto aparecen nuevos rostros… ¿o será que somos muy herméticos? Febrero no es la Cátedra ni viceversa, sólo los mismos cuerpos en facetas distintas. Me gusta hacer la comparación ¿por qué no? Del Taller Calicanto y el Grupo Tráfico, aunque…..no, no, nosotros somos muy leales con Maylén Sosa, nunca seríamos canallas con ella,  así que mejor olvidemos esa ridícula comparación. La Cátedra Agustín García es sobriedad y calma, un lugar. Es decir, últimamente no estamos tan showceros y pedantes; hasta nos tratamos con delicadeza.

9:25pm. Despedida. Visita al perrero de la plaza al frente de cantv. – Señor, nos va a dar 6 perros, uno sin salchicha, por favor. El perrero recitó en español sobre la mesa: “El Ritmo de mi corazón es un ritmo eterno”.

El delirio ya no asegura su publicidad ni con la
policía, ni con la guerra ni con los manicomios,
ni con esos grandes discursos del hombre
desgraciado.


El hombre habla y sabe hablar. Dice su persona
física: sus ojos, su boca y sus orejas, sus ojos para
ver toda la realidad útil, su boca para decir que
todo es esencial y fecundo y durarero, y sus
orejas oyen lo que su razón le dice. Ya no se
predica la felicidad por dos céntimos, la felicidad
por millones, ni el amor sin porvenir. Ya no hay
muerte moral, sino una moral eterna. Ya no hay
niños culpables, dejadnos reír, mujeres impuras,
dejadnos reír, ya no hay hombres que tengan
hambre –Eso ni siquiera se usa como una imagen…


El delirio ya no se emplea en anuncios
luminosos. La estupidez ya no tiene lengua para
expresarse. Ya no hay niños judíos para quemar
en los crematorios, ni putas para apiadarse, ni
soldados para hacerse matar, ni canallas para
engordar. Nadie tiene necesidad de ocultarse,
nadie tiene necesidad de mentir, ya no hay nada
que robar, ya no hay nada de que renegar. Ya no
hay intelectuales ni manuales para estimarse o
despreciarse, según estén sus bolsillos
agujereados o repletos. El pasado es un huevo
roto, el porvenir es una huevo incubado. El
presente es mi corazón. El ritmo de mi corazón
es un ritmo eterno.
(P. Éluard)















19 oct 2013

C.A.G: Reunión del Miércoles 16



El sudor que sobraba de mi nuca mientras intentaba seguir cómoda en la cama, suponía dos cosas inaceptables: Corpoelec volvía a hacer de las suyas (¡que no son racionamientos, vale! pero que la electricidad se evapora a horas específicas, como si dejaran a un ermitaño encargado para accionar un click, y luego de 3 horas, otro click, click) y la humedad excesiva, anunciando que ya eran pasadas las 4pm. Me uno al grupo de corianos que se acostumbró a dormir sabroso con calor, a un grupo grande. Al fracasar en el acto casi ilegal de dormir un par de horas más, luego de pasar toda la noche leyendo al borrachín de Bukowski y su novela “La senda del perdedor” (ésta borracha, también) meto en mi bolso verde un librito de Relatos Vanguardistas y me lanzo a la Casa del Artesano.



Adri, Maylén, Liwin, Rosa y Daniela: 6:01 pm. 



Supongo que el chaparrón asustó a los libros de los demás miembros, que les acalambró las hojas dejándolos inmóviles en el suelo o en algún puesto de carrito o buseta, paseando por la ruta miles de veces. De la nada alguien, no yo, nunca yo, comenzó a bromear un poco sobre la pedantería de los que llegan a la cátedra con la pretensión ridícula de que le besemos el culo a sus poemas o cuentos, o a la primera novela que están escribiendo, la que supuestamente les llevará a la fama, su gran obra maestra. Nos reímos un poco. Sacamos la cuenta de cuántos vinieron tres veces y nunca regresaron, o nos veían por la calle y apresuraban el paso, o en el peor de los casos unían sus cejas mucho, mucho, casi hasta convertirse en un felpudo uniforme al cruzarnos. Sí, nos gusta reírnos de esas actitudes inexplicables, para romper el hielo al comenzar. Nosotros somos gente cortés.

¿Bolaño?  ¡Presente!

 

Adrineli lee “El Ojo Silva”, del escritor Chileno, de su libro “Putas Asesinas”. Últimamente, nos entusiasmamos mucho cuando alguien lee a Bolaño, sin importar que el proceso se esté repitiendo cada semana. Adri lee y llega Jimena, tan impecable y linda, (profesora de teatro que intenta ayudarnos un poco con el recital que ofreceremos sobre poesía falconiana fantasmal) mientras Bolaño  sigue hablando sobre las experiencias del Ojo en la India, rodeado de putas y niños desgraciados, pobres chicos. En contraposición a la genialidad absoluta de Roberto, Liwin ojea un panfleto que le regalaron en la calle, y yo, pues, escribo en esta libretita que alguien bautizó como un coctel. (Algunos lloramos al terminar el cuento, sí, aún tenemos un granito de sensibilidad. ¡Vuelvan, muchachos! ¡Vuelvan! ¡No criticaremos sus textos!).



Discusión sobre el uso de los términos “convive” y “gusto”. 



Liwin comparte algunos textos (entre ellos, “El loco del pregonero”, “Harold Álvaro Tenorio” y “Don Alfonso cuesta y cuesta”) del libro “Poeterías” de Gonzalo Fragui, merideño (recordamos a Benito Mieses y reímos más, esta vez con cierto grado de nostalgia). Rosa Guevara, hija de su padre Guevara y nueva en la cátedra, recitó unos poemas de sus autoría que hablaban sobre la digestión, la calle y la chatarra; prometió traer otros la próxima semana, ella sí regresará. Daniela Nazareth culminó haciendo una lectura de “El antropófago” del Ecuatoriano Pablo Palacio. Todos terminamos queriéndolo y alucinando mordidas.
 

Despedida: 8:35pm. Ya no hace tanto calor.



               

15 oct 2013

"Otra vez..." por María de los Ángeles



“¡Qué cosas tiene la vida, se me murió mi Mercedes!”, pensaba Don Guillermo García, mientras desayunaba un par de huevos duros y una rebanada de pan, que era lo único que sabía preparar; desde hace más de media década había sido el esposo de Mercedes Castillo, una mujer ejemplar, y ahora ella estaba muerta, y él se encontraba otra vez desayunando solo, en la cocina de aquella casa solitaria, la misma donde antes había pasado los mejores años de su vida junto a su mujer y su hijo, y donde ahora sólo habitaban junto a él: los rumores de los recuerdos.
Ya había pasado más de un mes desde  la muerte de su esposa y, a Don Guillermo lo último que lo mantenía con vida era la promesa que le había hecho a la difunta, eso y la convicción cristiana de que sí existe el más allá, y que después de la muerte podría reencontrarse con ella. Don Guillermo no había recibido en la casa a nadie desde la última noche de los rezos, ni una llamada telefónica, ya no recordaba la última vez que había visto a su hijo; todo esto acrecentaba el terrible miedo que tenía de en verdad estar muerto; debía hablar con alguien de inmediato, o verdaderamente comenzaría a morir.
Al salir  de la casa se encontró con calles nuevas y desconocidas , aún encharcadas por la lluvia de la madrugada, los locales le parecían extraños, y a las personas con que se topaba, las saludaba por mera cortesía, no recordaba haberlas visto jamás.
Pronto se dio cuenta que había olvidado la dirección adonde se dirigía, y resignándose a que entonces no debía ser muy importante, introdujo sus manos en los bolsillos del saco, para darse cuenta que no traía dinero consigo. “Ser jubilado tiene sus ventajas”, pensaba, mientras se dirigía directamente al banco, donde lo atendieron de inmediato por su condición de adulto mayor; para su sorpresa, la cuenta estaba sin fondos, el último retiro se había realizado la semana anterior desde una cuenta asociada, la de su hijo.
¡Esto es el colmo!, dijo entre dientes, y salió decididamente del banco, directo a la casa de su hijo, que al llegar no se encontraba, en cambio le abrió la puerta una nuera quisquillosa que lo recibió sin sorpresa. Después de comer el mejor almuerzo que había probado en días, se dispuso a esperar a su hijo en un mueble de la sala, pasaron varias horas; ya estaba a punto de marcharse cuando llegó su hijo, un hombre hecho y derecho que cariñoso le extendió sus brazos; Don Guillermo no entendía el descaro, le replicó que lo hubiese dejado sin un quinto para el resto del mes, y tanto fue su agite, el grado de exaltación  que sufrió un infarto.
Cuando despertó, miró a su alrededor y supo que estaba en una clínica, su hijo dormía en el mueble para acompañantes y cuando le dieron de alta fueron juntos a casa; durante el camino tuvieron tiempo para hablar, -Papá, se te están olvidando las cosas, le decía ju hijo.
… Aquí tienes dinero si te quieres comprar algo, la pensión la saqué del banco para evitarte molestias, en la nevera tienes comida, yo mismo hice la compra, no comas huevos todos los días  que se te sube el colesterol; sabes que no me mudo contigo porque mi mujer es muy quisquillosa, y con el embarazo no sabes como se pone… el lado bueno es que el bebé va a nacer pronto… y dejándolo en casa su hijo se marchó.
En un día nuevo, Don Gerónimo despierta, se sirve dos huevos duros y una rebanada de pan, que es lo único que sabe preparar, y lo único que come desde que murió Mercedes Castillo, su esposa.
La soledad lo abruma, piensa y tiene miedo de estar muerto, hace días que no habla con nadie, y su hijo, ese que antes había llenado aquella inmensa casa de vida, no lo viene a visitar desde hace meses, desde la última noche de los rezos.

Se pone su saco, se dispone a salir y se pierde en las calles, aún húmedas por la lluvia de la madrugada, otra vez va al banco para descubrir una cuenta sin fondos, otra vez a casa del hijo para reclamarle el atrevimiento o la ausencia, otra vez encuentra una nuera quisquillosa que le abre la puerta, esperar la llegada de su hijo, para que otra vez le diga: -Papá, se te están olvidando las cosas… 




María de los Ángeles Lugo, 2012

6 sept 2013

Textos sobre algunos desayunos.


Arcimboldo


En la Cátedra Agustín García solemos proponer imágenes para escribir al final de cada mes . Uno de los últimos meses del año pasado algún miembro propuso al "Desayuno". Disfrutamos mucho el producto de  ese ejercicio en la cátedra, por lo tanto  conversamos sobre retomar las publicaciones de la Cátedra de Papel y adjuntar estos textos en una edición de la misma, sin embargo,  hasta ahora no se ha concretado del todo.  Esperamos que pueda llevarse a cabo muy pronto; por ahora... nos sentimos a gusto publicando estos textos vía blog. Para este "desayuno", escribieron: Adrineli Canelón, Angélica A. Alvarado, Daniela Nazareth, Jesús Amalio Lugo,  Jhonathan Rosendo, Maylén Sosa, Liwin Acosta y Rafaella Núñez.





Tricotilomanía

por Jesús Amalio Lugo

                Sólo una hora. Pellizco mi pierna y me concentro en el plato, para relajar la ansiedad que asciende en mi pecho como la leche hirviendo. La cercanía de estas personas me sienta fatal y lamento haberme dejado llevar por aquel impulso idiota que arrastró a todos hasta aquí. Era una pregunta fácil porque no requería una respuesta seria. ¿Cómo te ves dentro de 5 años? Muerto. ¿Por qué? Porque en mi casa nadie me habla. Una profesora, una citación, dos llamadas, un especialista y una recomendación: “más tiempo en familia”. Familia, añadir comillas. Ahora  mamá nos obliga, a su marido número 3, a mi hermana y a mí, a participar en este simulacro de normalidad.
                No tengo pensamientos suicidas. Es sólo que hace tres años, mamá pidió, exigió, prohibió. Ni una sola palabra sobre lo que le pasó a tu hermana; lo que no se habla se olvida. Pensé que mi destino era la inexistencia, así como se borran las líneas de la carretera de tanto que los carros les pasan encima. No pensé en hacerme daño, no soy como ella. Por ello, no merezco  esta hora de suplicio y panquecas donde huyen las palabras. Aclaro que el problema no es el silencio, todos hablamos, sobre todo mamá. Ella siempre habla.
 -Nada-  Dice mientras acerca la jarra y llena  el vaso de su hija.
- Nada-  agradece ella con una sonrisa débil.
¿Nada?- Pregunta a su marido, que apenas aparta la mirada del periódico, para observarla y asentir.
                A nosotros él no nos mira, no sé si por  miedo o repugnancia. A veces, como quien no quiere, posa los ojos sobre la pañoleta de su hijastra y se estremece. Yo por mi parte también evito mirarla, me siento culpable, recuerdo y me dan nauseas. Hace tres años que papá se fue de la casa. Lo quiero, porque él iba a mi cama a darme un beso en la frente para tener buenos sueños. Lo odio, porque luego se dirigía a la cama de mi hermana, y la besaba donde se dan los besos para causar pesadillas.
                Mamá lo sabía, yo también. Pero no  tomó acciones inmediatas sólo esperó hasta que papá se escabullera por la puerta trasera y a que  los vecinos murmuraran y se codearan a nuestro paso, alarmando a  los abuelos, tíos y amigos que desde ese entonces, comenzaron a mirarnos diferente. Al principio pensé que lo había hecho por celos, como ella no tenía papá, me quería alejar del mío. Luego me invadió la culpa, sin hacer nada, estaba manchado, de algo pegajoso y negro. Ellas me lo confirmaron, dejaron de abrazarme y tocarme más de lo necesario. Mamá se encerró por tres semanas en su habitación y mi hermana  comenzó a usar la pañoleta. Hoy lleva puesta una roja, que oculta las penas de su cabello castaño. Yo la he visto a escondidas un par de veces, mientras se arranca los cabellos en el baño. Me pregunto si le dolerá. Pero de eso tampoco puedo hablar.
-Nada-  Bromeo, con la boca llena.
-  Nada. - Responde mi hermana y me saca la lengua.
                Mamá es… fuerte, dura y fría, como la mesa donde apoyo el codo, pero sin dejar de ser atenta. Al abandonar su encierro, pienso que congeló las emociones en el refrigerador. Se volvió metódica, y decidió que lo más importante de su vida era: su vida. Conoció al marido número 3, y como vio que no podía quitar lo sucio de nosotros, optó por remover las impurezas de la casa; poco le importó encontrar retazos de pelo debajo de los muebles  o de las almohadas.
Entonces ocurre, pasa la servilleta por sus labios y por fin, dice algo.
-Pienso…- expresa mirándome -…que eso que dijiste en clases, lo hiciste para llamar la atención, igual a lo que hace Mariza con su cabello.
                Fue demasiado lejos. Mi hermana tumba la silla y erguida comienza a temblar. Ella le pide que se siente, marido número 3 sigue leyendo, yo no puedo creer lo que ven mis ojos. La piel de mi hermana se ondula, como si miles de gusanos le corrieran debajo, está cada vez más hinchada y roja. Estalla. Literalmente, estalla. Revienta como un globo de agua y se desparrama emparamándome los zapatos. Estoy atónito.
Mamá se levanta.
-          ¡Dios mío -exclama llevándose las manos a la cabeza-  acababa de limpiar el piso!

     




Yo no desayuno



por Adrineli Canelón

          Despierto temprano, me visto (confieso que no siempre me baño), tomo mi pastilla y me llego hasta el café de la esquina. Saludo al “chef” sonriéndole (viva o muerta pero sonriéndole) y me siento en una mesa elegida al azar sin azar porque en realidad tengo un método. Ya con mi café al frente me dedico a observar, y más allá a contemplar. Aclaro: no es que no me dé hambre, no soy anoréxica ni bulímica, me dan antojos incluso, y el impulso me lleva hasta la nevera, pero la visión del olor me producen nauseas, el gusanito que me dejaron en la panza se retuerce violentamente, asume el control y termino tomando la jarra de agua y un vaso, para disimular, quizá. Pero Peter me enseñó que no necesito tener comida para comer. Por eso voy al café a contemplar, no imaginándome en el lugar de los comensales, sino disfrutando de lo que ellos tragan por inercia. Me vacilo la lechuga de la ensalada césar del tipo de lentes, la gotita de mostaza que cayó del sándwich de la flaca de al lado, el queso derretido de la empanada del chamo que me sonríe, y así los acompaño (porque no saben que están solos) y así como. Generalmente me quedo hasta que llega el señor que siempre se ensucia el bigote, él es mi favorito, come como un troglodita pero es de los pocos que lo disfrutan. Para cuando es hora de irme me grito que estoy satisfecha, y me obligo a pasar el resto a punta de cafés para la digestión del agua (no hay nada más que estimular), ignorando los puyazos hasta que desaparecen por un rato. Puede que me haya convencido de que es de esas cosas que son tan obvias que pasas por alto, pero ahora que me lo preguntas… La verdad, es que no desayuno.


 


El agua no tenía nada 



por Rafaella Núñez


Hoy andaba como nervioso, con las manos sudadas y la piel de gallina cada vez que soplaba el viento. Entré en una vereda muy estrecha, para salir a la calle 5. Caminé dos cuadras abajo, crucé en la esquina y llegué al negocio de la señora Antonia (a la que todos los días le compraba dos empanadas y un jugo de parchita). -¡Buen día!- dije, como era costumbre pero esta vez ella no contestó, había más gente que nunca, al parecer el negocio se estaba dando a conocer y la clientela aumentaba cada vez más. La señora Antonia estaba muy atareada y algo amargueta; noté que el sudor le corría por la frente como si se tratara de una cascada de agua, y en un movimiento brusco por querer limpiar su frente, las gotas de sudor fueron a parar justamente sobre las dos empanadas que estaba colocando sobre un platito rojo, luego tomó un vaso de plástico y sirvió jugo de parchita. Tragué grueso cuando puso todo eso frente a mí.



                Ahora era yo el que sudaba frio. Quería irme, salir corriendo, pero ya estaba allí, me daba tanta pena devolverle la comida, así que opte por comérmela. Fue tan difícil darle un mordisco a la primera empanada, el transcurso del tiempo se movía como en cámara lenta, quise despejar mi mente y acordarme un poco de los muslos de Martina, de su baile de anoche, pero los hilos del queso se enredaron entre mis dientes y se sentían como pelos, mi estómago se revolvió por completo y la señora Antonia veía mis gestos de asco y mi pena se agudizó mucho más. Entonces seguí comiendo como si todo estuviera bien pero ya estaba obstinado, mordía y mordía la bendita empanada y no se acababa (era como infinita),  y mi sangre se comenzaba a coagular, estaba más espesa, las venas me sobresalían de la sienes y de las muñecas, mi corazón latía fuerte  mientras otro pedazo de empanada bajaba por mi garganta y llegaba a mi estómago. Mi corazón quería como salirse de mi pecho, quería ir al hospital, me iba a dar un paro cardiaco; la chica que estaba sentada frente a mi notó la agonía que me invadía y comenzó a darme aire con un periódico, la señora Antonia traía un vaso con agua y lo acercó a mi boca pero yo no quise, y le supliqué que me prestara su baño al que llegué casi de rodillas.

                   Me senté en el inodoro, las piernas me temblaban y comencé a gritar del dolor, la señora Antonia preguntaba cómo me sentía, pero me era muy difícil de contestar. De pronto escuché la voz de la chica que me dio aire con el periódico, estaba asustada por los gritos que yo daba, los cuales eran imposibles de contener. Por un momento me sentí como una mujer en una sala de parto, mis extremidades inferiores se separaban por la fuerza que  estaba  atravesando mi parte trasera. Llegó una viejita que quería saber qué ocurría detrás de la puerta del baño, y su frase de Ave María purísima vino acompaña de un gran trueno que salió de mis entrañas. Un muchacho comenzó a reírse, decía que le iba dejar el baño hecho un desastre a la señora Antonia.

La última parte de ese gran monstruo que estaba trayendo al mundo ya estaba cerca,  y cuando por fin escucho el sonido de su caída en el agua del inodoro, un gran espasmo me dejó como idiotizado. Después de unos segundos allí sentando me levanté para tomar el papel y limpiarme, y cuando voy a bajar la palanquita del inodoro… el agua no tenía nada.





Posadero



por Daniela Nazareth


 Pérez  era muy selectivo y rígido cuando de su rutina se trataba. Todas las mañanas: preparaba el café, balbuceaba algunos sueños, escuchaba un par de gritos sofocados, abría las cortinas de la sala y buscaba el periódico, que fielmente dejaba el vigilante todos los días en su puerta. En fin, la misma rutina de todo posadero. Cuando sus inquilinos se volvían un poco alocados y salvajes, prefería ignorarlo; le gustaba olvidarse de la cosa e ir sorbiendo su café de poquito a poquito mientras leía los clasificados, subrayando algunos al azar y alegrándose cuando en la lista de desaparecidos veía rostros familiares. Éste se alegraba tanto que se iba caminando muy rápido, entre correr y escupir de la risa hasta el cuarto de sus amigos y les miraba con amor, mientras juntaba con un chinche un recorte  tosco de la noticia en la pizarra de corcho; le gustaba cómo habían salido sus amigos en el periódico, opinaba que se veían guapos. No podía disimular lo orgulloso que se sentía, ¡todo era perfecto! hasta que notó  a Claudia, allí todavía, tendida en el piso semidesnuda, con el cabello tan arrancado en partes, con pintitas de uva  en la piel. No sabía por qué ya no quería hablar con él, tal vez por el malentendido de anoche. "Extraño tanto sus grititos" pensó. Pero sólo cuando giró y observó que Lucho (tan muchacho alegre y altisonante) lloraba y lloraba casi en silencio... pensó que algo no estaba bien, que había demasiado desorden, que el rojo putrefacto ya no iba bien con la alfombra, que el mal olor invadiría su tan preciado estado Zen, que él era un hombre ordenado y no podría permitirse tal incomodidad,  que si pudiese gritar le diría a su inquilina (ya no amiga) que se levantase y largara.






Sssh....silencio que es hora de cenar


por Liwin Acosta

 La culpa la tuvo tía Lucrecia, nadie más. Ella sabía cómo se crispaban mis nervios cuando mi ración no era igual que la de los otros. Exasperado por su actitud, por lo demás insolente, comencé a deliberar sobre mi plan de hacerlos caer a todos y cada uno como piezas de ajedrez. Nos reuníamos sólo en la cena porque durante el día cada quién se ocupaba de sus deberes y no tenía tiempo para encuentros fallidos, o por lo menos eso fingíamos. La sordera era hereditaria y cumplía de forma terrible y tenaz con su insustituible papel de tradición familiar, algo así como el que cumplen los manteles blancos de flores azules o amarillas o esos platos de peltre mancillados y deformes que nunca hacen falta en una casa. El primero fue tío Rangel, sin proponérmelo el derrumbamiento comenzó como una parodia a la jerarquía, pues nunca tuvimos el más mínimo sentido de la autoridad. Cruzando el cuarto donde está su biblioteca, lo degollé para evitar cualquier ruido que pudiera ser alcanzado por los vecinos, que además de mirarme extraño también oyen. Lo dividí en secciones según el grosor de éstas y lo guardé en la gran nevera que había en el almacén. Me aseguré desde entonces, de buscar y llevar todo lo que necesitara ser refrigerado. No lo extrañaron mucho, todos creyeron que en un arrebato de clarividencia cristiana se había ido a buscar a la única hija que no lo conocía.  A tía Lucrecia le metí un batazo en la cabeza que, como dicen los periódicos: “le produjo exposición de la masa encefálica”. No quise hacerla sufrir mucho, aunque el odio me dictaba mil y una formas de torturarla.  A ella sí la extrañaron porque era la que cocinaba. Un poco desesperada por las inexplicables desapariciones, la Beba comenzó a sustituir a tía, resignada porque hasta ese día llegaba su apreciada libertad.  Aunque cuando comencé a hacerlo me guiaba una especie de principio de justicia, concluí pronto que era sólo una excusa para justificar el placer que sentía: los odiaba a todos.  Sus ojos adhesivos se me pegaban hasta hacerme sufrir de dolor, como si yo fuera un animal repulsivo o algo parecido. El Pocholo se me complicó un poco, el cuchillo que le clavé en el estómago no penetró lo suficiente y sacando fuerzas de ultratumba me zampó un derechazo que me dejó tumbado en el suelo.  Caí cerca de la escalera, por lo que un empujoncito me bastó para que el Pocholo se diera un resbalón directo al paraíso. Ante tanto hermetismo los nervios de la Beba cedieron y creyó  no tener  otra opción que  llamar a la policía. Mientras llegaban decidí darle a ella una despedida más sutil, la envenené  echando una tacita de pinolín en el té de manzanilla que bebía para calmarse. Con todos muertos  y matemáticamente divididos en la nevera, me dispuse a esperar a la policía, pero nada que llegan. Desde entonces, el único contacto humano que tengo son los clientes de la bodega, que cada día son menos porque cuando ven mi pierna y las costras que surcan mi rostro se espantan.  Me toca cenar solo y no me gusta, si hubiera sabido lo triste que era la soledad por lo menos dejaba a uno vivo.  Guardo las notas de desesperación como quien guarda bonitos recuerdos de una época pasada.  Hoy me comeré las nalgas de la Beba ¿no te gustaría venir? Eso sí,  entras por el portón de atrás y sin hablar porque aquí nadie escucha, todos somos sordos.






Desayuno





por Angélica A. Alvarado

           Hoy en la mañana tuve una conversación muy importante con Teresa: ¿Qué es mejor, desayunar violines o desayunar trombones? Por supuesto que ella defendía a los violines, "¿cómo empezar el día sin una buena ración de cuerdas?", decía. Pero mis argumentos para los trombones no estaban mal, es imposible que los vientos te caigan pesados.

          Después de discutir un rato, ambas comenzamos a dudar de nuestros instrumentos, pues cada una aportaba pros irrefutables para el suyo. Lo resolvimos así y creemos que se adapta bien a las necesidades nutricionales: una porción de cuerdas -para mantener hiladas las ideas-, una de vientos -para inspirar bien alto- y una de percusión -que equilibra los sabores-; acompañar con un vaso de jugo de naranja bien frío.